Los seres libres de Todd Haynes

La última película del cineasta norteamericano Todd Haynes, Carol, está nominada en numerosas categorías de los Premios Óscar de este año. Presentamos una reseña breve del tono realista y liberador de sus obras.

Carol Todd Haynes

Antes de hablar de Carol, la gran olvidada de los Óscar de este año, podemos recordar a Poison (1991), el primer largometraje de Todd Haynes donde ya se hacen visibles dos puntos que lo seguirán en su trabajo de cineasta: la marginación y la crítica social.

El director había sido criticado al momento del estreno del filme por la Asociación americana de la familia. Calificada como “suciedad” financiada con fondos públicos y premiada en el Festival de Sundance, la película brinda una visión realista del horror de llevar una vida de abusos y rechazo social por una enfermedad y una inclinación sexual.

Tres historias cruzadas reflejan a seres que sufren a causa del precoz abuso sexual, la discriminación y la represión. Presentada por momentos en blanco y negro y con mucha carga dramática reflejada en la mirada de las víctimas, Haynes imprime un ensayo crítico sobre los males de la opresión. Un ejemplo concreto es sin duda una escena en particular donde un grupo de prisioneros dirige sus escupitajos a la boca de uno de los protagonistas, como si se tratara de la misma sociedad que obliga a los más débiles a recibir secreciones (basura televisiva, arte estéril y poco pensamiento crítico).

Poison es también el primer ejemplo de la estructura que utilizará Haynes en el futuro para relatar sus películas (una forma de contar historias similar a la que propone Orson Welles en Citizen Kane, 1941). Siete años después llegará Velvet Goldmine (1998), donde vemos una celebración al glam rock y, principalmente, un relato liberador que se acentúa en la percepción de la ambigüedad del protagonista: Brian Slade (Rhys Meyers), un hombre que no teme expresarse y que (influenciado por la visión de un David Bowie que se negó a que Haynes lo retratara) resalta en el escenario por su apariencia de purpurina, maquillaje, trajes brillantes y peinados levantados y coloridos.

La extravagancia que representaba su imagen en los 70 daba a la prensa la ocasión para tildarlo como una persona desviada, gay o “marica”: frases y convencionalismos que Slade se encarga de derribar al responder que no tiene problemas en dormir con hombres y mujeres a la vez, calificando a la bisexualidad como algo común y frecuente en la sociedad. De esta forma, el cantante genera controversia y admiración por parte de los jóvenes. Entre ellos, el periodista Arthur Stuart, interpretado gratamente por Christian Bale (candidato al Óscar del presente año por su papel en The Big Short).

velvet-goldmine
Foto: film4.com

Al sentir identificación con Slade, Stuart llega a masturbarse porque lo ve en fotos sugerentes con Curt Wild (Ewan McGregor), un músico audaz que se empareja con su ídolo y está inspirado abiertamente en la imagen y la actitud desafiante del cantante estadounidense Iggy Pop. Los padres de Stuart, ofendidos por lo que consideran inmoral, terminan regañándolo por manifestar sus deseos homosexuales, dejando a consideración del espectador una visión lúcida de lo que podría suceder en una familia tradicional. Y las canciones que se oyen a lo largo de la película aportan una poesía necesaria para expresar los sentimientos de estos sufridos personajes.

El director denuncia sutilmente las normas que encadenan la verdad de un ser humano que se presenta con una pose, o como diría Oscar Wilde, citado por Slade: “El hombre es menos sincero cuando habla por cuenta propia, darle una máscara y os dirá la verdad”. El reportero de esta historia termina entregándose a sus deseos en un acto que se desprende de las ataduras machistas. Y así también lo hace Carol (2015) tras liberarse de un esposo que la considera no apta para cuidar a su hija por ser lesbiana.

La estética de esta última película de Haynes es similar a la de Far From Heaven (2002), donde Julian Moore busca liberarse de los prejuicios de una comunidad racista que la condena por relacionarse con un hombre afroamericano. El director regresa a los años 50 y pasteliza los ambientes en una historia de señalamientos encarada por una ama de casa acomodada llamada Cathy, quien se desmorona al ver a su esposo, Frank (Dennis Quaid), con otro hombre. Ella le pide que vaya a un psiquiatra para salvar su matrimonio. Pero es inútil, porque Frank no puede “convertirse” en heterosexual. Cuando se enamora de otro hombre, abandona el amor que por no le corresponde.

Cathy se frustra pero luego se enamora de su jardinero, Raymond, quien la atrae por la atención que le ofrece y su cultura artística. Aquel hombre la satisface mentalmente, y ella considera que se trata de una relación vital por la conexión interna que siente al verlo. Pero la sociedad invasiva no logra asentir a la idea porque el racismo supera a la razón. La rechazan y terminan agrediendo a la hija de Raymond por ser negra. Y como hablamos nuevamente de un relato realista, es normal que concluya decadentemente.

Años más tarde, el director se aleja de esta estructura tradicional para volver a las historias cruzadas en I’m not there (2007), una película difícil de clasificar por su narrativa múltiple que retrata la figura de Bob Dylan. No se trata de una biopic convencional. La película se sostiene de seis personajes para construir, desde la condición de alter-egos, a la personalidad del prolífico cantante estadounidense.

Todos se perciben en una atmósfera maldita (por si existen dudas, el poeta maldito Arthur Rimbaud aparece para remarcar la idea de que los seres de Haynes “son otro”, y no el verdadero que otras biografías han encarado sin ilusión ni historias enrevesadas). Son seres criticados porque no filtran lo que dicen y tienen la libertad de hacer lo que quieren, aunque internamente sufran por la mirada negativa del exterior. Y ese exterior dañino toma un carácter más protagónico en la intrigante Safe (1995), donde una ama de casa sufre de una enfermedad ambiental que solo se supera de forma interna.

La película se centra en la reacción a los químicos de la protagonista, Carol White, quien nunca había tenido en cuenta los daños que aparentemente le causaban los “males del siglo XX”. Cuando huye de la civilización para tratar de curarse de la aversión hacia los químicos, entiende, mirándose al espejo, que solo ella es responsable de lo que pueda suceder con su salud. Esta cinta es quizá la más personal e introspectiva después de Poison. Y se vuelve a mirar críticamente a la sociedad crédula y poco analítica, dando a entender que ella es principalmente la causante de todos los males internos y externos.

La Carol interpretada años más tarde por Cate Blanchett no se mira a sí misma en un espejo pero encuentra en otra mujer la motivación para desprenderse de sus cadenas.

 Foto: theneotraditionalist.com.
Foto: theneotraditionalist.com.

Luego de imprimir sus características principales y ser reconocido como una de las promesas del movimiento New Queer Cinema, Haynes estrenó el año pasado la emotiva Carol, donde sus lugares comunes se ven reforzados por las interpretaciones de dos actrices que aportan una química creíble. Esta historia está basada en la novela “El precio de la sal” (1952), que posteriormente se cambió el título a “Carol” y fue escrito por la escritora norteamericana Patricia Highsmith, quien incluso publicó su obra bajo un seudónimo por temor a lo que pudiera generar en su época.

Carol es de vuelta una obra realista que eleva sus críticas contra un sistema de prejuicios, normas y conceptos. En ella conocemos a Therese (Rooney Mara) y Carol (Cate Blanchett), una mujer madura que por cuestiones del azar o el destino termina encontrándose en la tienda donde trabaja aquella joven inocente. Como Carol es una mujer de pura sofisticación, su imagen toma relevancia en los ojos de Therese, quien llega a enamorarse de forma profunda en una antesala a su entrega completa.

Pero Therese no sabe lo que quiere. En cierto momento le pregunta a su novio si alguna vez se enamoró de un hombre, en búsqueda de entenderse a sí misma. Él asegura que la homosexualidad es producto del pasado, de alguna situación específica. Un efecto. Entonces Therese siente aún más confusión, porque nunca atravesó por algo parecido. A diferencia de este rechazo a la normalidad, en Carol encuentra la seguridad de expresarse, porque en ella no ve los ojos prejuiciosos de su entorno.

Foto: fashiongonerogue.com.
Foto: fashiongonerogue.com.

En este sentido, el guionista Phyllis Nagy hace un gran trabajo de expresión visual implícita, porque si en la novela de Highsmith conocemos a Carol a través de la mirada de Therese, en la película sucede lo mismo sin la necesidad de diálogos intradiegéticos.

Del otro lado de la confusión de la joven interpretada por Mara, se encuentra la complicada vida de Carol y su posesivo esposo, quien busca egoístamente separarla de su hija porque no consciente con el lesbianismo. Por eso le pide a sus abogados tomar una cláusula de inmoralidad para actuar contra su esposa. Y Carol, frustrada y triste, termina atascándose en su búsqueda de libertad sentimental. Pero vuelve a sonreír cuando se fija en la inocente Therese, porque es consciente que podrán compartir un futuro. Aunque terminan perdiendo a otras personas, triunfan porque se liberan.

Las conclusiones de todas estas películas nos demuestran cómo la represión a veces puede ser un camino (in)necesario para el crecimiento. Y el cine de Haynes, crítico y realista, busca desarrollo con una clara predilección por la superación personal, la liberación y la aceptación a cuestas de los prejuicios sociales. Carol es hasta ahora su propuesta más madura y moderna, y su final es tan emotivo como esperanzador.

Publicado en Última Hora: http://www.ultimahora.com/los-seres-libres-todd-haynes-n970218.html

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