The Revenant (2015, Alejandro González Iñárritu)

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La nueva obra de Alejandro González Iñarritu es una reunión de situaciones y personajes en desasosiego. Quien la vea podría no estar ajeno a esta sensación, como sucedió en mi caso. The Revenant, como película, se puede ver como una denuncia al abuso a los nativos y como una expresión del salvajismo que todos los seres humanos pueden manifestar al vivir últimas circunstancias. Se plantea, entonces, que todos somos iguales, y que las jerarquías son antinaturales, abusivas.

Interpreto estas ideas a partir de una escena en particular en donde se puede ver a una nativa siendo violada por un americano, y en otra donde se observa a un hombre ahorcado y con la frase “todos somos salvajes”. Además, la historia incluye la lucha por la supervivencia de Hugh Glass, un hombre herido por una osa que busca vengar a su hijo y mantenerse con vida, solo, en la nieve. Su viaje nos acerca a la cruda realidad de quienes viven de la naturaleza, y rodeados de ella, a través de persecuciones, asesinatos y ejemplos de cómo el ser humano puede exteriorizar una naturaleza salvaje, en busca de vivir, dentro de un ecosistema frío e inseguro.

Al principio de la película, somos testigos de un enfrentamiento salvaje entre nativos y hombres blancos. Esta puede ser una declaración de intenciones de cómo se desarrollará la obra incluso hasta el final.

El personaje principal tiene increíblemente las posibilidades de extender su vida gracias a su propia fuerza de voluntad. Durante su viaje, pasa por una serie de sueños que le recuerdan a la madre de su hijo y a la vez aclaran el argumento progresivamente (como acostumbra Iñárritu).
Ella le dice en un sueño (y el mensaje se repite dos veces durante la película) que al observar un árbol una persona se puede fijar en las ramas y el tronco. Las ramas, por su debilidad, nos generan la sensación de que el árbol podría caer en cualquier momento, mientras que el tronco, por su consistencia y grosor, nos provoca seguridad, estabilidad. Entonces, recordando a aquella mujer ideal, Glass es capaz de sostenerse como si fuera “un árbol con un tronco muy fuerte”.

Las ramas son sus heridas superficiales (provocadas por el ataque de la osa). El tronco es, en cambio, la voluntad del personaje para seguir adelante, y es también su espíritu, en donde voces internas lo animan a continuar, a pesar de las viscisitudes. Su viaje también se ve rodeado de árboles y, en muchas escenas, en las que define su vida, se encuentra cerca de troncos delgados. Estos probablemente estén ubicados adrede para recordar el mensaje de su mujer. Y la cámara de Emmanuel Lubezki hace énfasis en la idea de las ramas enfocándose en ellas por momentos.
Tal vez estas ramas también sean la realidad frágil que es sutil ante la lente. Y también esto podría referirse a la situación con la que debe lidiar Glass para vengarse.

Tras un enfrentamiento en el que este hombre entiende que la venganza no podrá traer de vuelta a su hijo, vuelve a ver a su mujer parada en la nieve. Es, literalmente, un sueño hecho realidad: ella está sonriente porque Glass ha evitado concluir su camino vengativo al decidir dejarlo todo “en manos de Dios”. Al verla feliz por su decisión, él encuentra redención consigo mismo. Y, al final, desligado de la venganza que lo ata a su pasado, fija directamente sus ojos la cámara, a una parte de la humanidad que, a diferencia de él, aún no puede mirar fijamente a los ojos y reconocer que todos los seres humanos, salvajes y civilizados, son iguales por naturaleza.

El protagonista, después de todo, ya puede hacerlo.

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