La igualdad que separa a la humanidad

La humanidad está cayendo progresivamente al pozo ciego y no hay nadie que pretenda retroceder los pensamientos en contra de las cosas que provocan esta caída inevitable.

Cualquiera ideología que impulse el renacer de una cultura religiosa es tachada de intolerante, retrógrada (con sentido de la palabra) y homofóbica, palabra que hoy es casi sinónimo de escoria.

Cómo es posible, en un mundo separado por el rechazo a las prácticas tradicionales, vivir en igualdad o fomentarla, cuando el principio mismo de la igualdad es la tolerancia a la diversidad.

Se preguntarán cómo, demonios, uno puede defender una cultura tradicional que, según la historia humana, ha sido la causante de millones de muertes y represión alrededor del planeta.

Entendiendo que todas las cosas funcionan bajo una misma premisa, o un canon establecido, podemos predisponernos a creer que todos los seres vivientes actúan con impulsos similares cuando están en una disyuntiva o se ven inmersos en el placer sexual o cotidiano, o en la gula (etc). Creyendo que todos reaccionan igual, pretendemos suponer y concluir, a base de estudios psicoanalíticosociales, que la eliminación de una doctrina religiosa o machista o violenta podremos volver a reconstruir la sociedad y llegar a una tierra en donde la humanidad vivirá en plena paz.

Al menos ese es el sueño que muchas personas tienen actualmente…

El problema es que para llegar a decidir la “eliminación” o proponer la “reflexión” de los dogmas impuestos desde el comienzo de la humanidad, los seres que encabezan este tipo de decisiones (y las ejecuten) deberán prácticamente ir en contra de sus premisas de igualdad y tolerancia. ¿De qué forma es coherente vivir promulgando la tolerancia y la aceptación del ser cuando, por otro lado, nuestros corazones (concepto romántico de la mente que controla las emociones) albergan sentimientos de rechazo ante personas que simplemente han decidido llevar adelante un estilo de vida religioso, homofóbico y machista? De forma automática, estas personas se contraponen a sus propios discursos que abrazan al género humano, y emulan así a los propios cultos cortesanos, religiosos, guerrilleros, que apuntan a esparcir alrededor del mundo sus propias convicciones.

Es verdad que un gran porcentaje de este grupo de sociedades no promulga la guerra, la violencia, la homofobia, el machismo, y que otro grupo de sociedades religiosas sí lo han hecho en el pasado, en el presente, y probablemente seguirán haciéndolo en el futuro. Pero en estos porcentajes, en estos grupos humanos, también se encuentran personas que fomentan el amor, la solidaridad, y la verdadera aceptación de la diversidad dentro de un ecosistema social.

Entonces, se preguntarán, quienes estén en contra de las creencias y las costumbres tradicionales y religiosas, ¿por qué solo un grupo de personas practica y comparte estos valores humanos? No seré yo quien responda actualmente esta pregunta, pero sí puedo invitarlos a que, antes de condenar a una religión o a una creencia, investiguen y analicen los mensajes registrados por sus seguidores. Entenderán que solo algunos comparten la contemplación de la redención y la constancia por el camino a la perfección, y verán que el mensaje de amor existe, y que el problema real se encuentra en la tergiversación de los documentos, y en la multiplicación de filosofías, conceptos, y prácticas que en realidad no promulgan el amor a la humanidad.

Debemos desconfiar de cualquier mensaje que destruya el cuidado del mundo y el ser humano. Pero antes debemos analizarlo: millones de personas no tienen acceso al conocimiento real de su propia religión, y tampoco cuentan con interpretaciones fidedignas de los mensajes cristianos, judíos, musulmanes, etc. Debemos entender que la comprensión de profundidad espiritual necesita de una interpretación minuciosa, que pueda revelar el verdadero pensamiento.

Debemos desconfiar de quienes utilicen las creencias religiosas mal interpretadas o falsas para promover guerras por territorios; debemos desconfiar de quienes apoyen la discriminación por causas ajenas a su comprensión, algo lamentablemente posible en este mundo de frivolidades donde la atención dispersa es algo característico de una parte de las sociedades globalizadas.

Debemos desconfiar de las supuestas causas de la guerra; debemos desconfiar de los poderes que encabezan las tendencias bélicas; desconfiar del apoyo económico a estas causas; del sistema económico, de donde sale el capitalismo que posibilita la dispersión, difusión de engaños de igualdad, los dogmas que desvían a la humanidad, el entretenimiento vacío… la vida al margen.

Debemos desconfiar… pero tratar de estudiar y analizar todas las aparentes incongruencias.

La verdad, que no separa grupos humanos, puede estar a nuestro alcance.

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