El Kurupí hecho novela

ArgumentoLa historia gira en torno al Profesor Longobardo y Efraín. Ambos, maestro y alumno, buscan vestigios del Kurupí a través de unas cartas dejadas por Boggiani. Por otra parte, tenemos un flashback: época de la pos-guerra, Paraguay en manos de los brasileros, una villa misteriosa, una familia de españoles, paraguayos rebeldes, y un ser extraño al mundo que conocemos. Poco a poco, todos los lazos se van uniendo. Longobardo encuentra pistas, mientras Efraín solo se queja.También se cuenta la historia de Juliana, una joven española que desea con ansias conocer el mundo que existe más allá de las paredes de su cuarto. Ella no sabe de la existencia del tirano Fonseca, y también desconoce la naturaleza malvada de los hombres. Su encuentro con el Kurupí supone una exploración a lo desconocido y un cambio de paradigmas.

Aparición (40-42)

En este capítulo vemos por primera vez al kurupí. Se lo describe de esta forma: “La piel es parda y lustrosa. Los ojos aún más negros que la melena de su cabello suelto. Está muy delgado. Es de estatura media. Los pómulos marcados, la nariz levemente ancha en la abertura y los labios sensuales y gruesos.”

La criatura se encuentra con los soldados brasileros, quienes lo ven con un dejo de susto.

La furia del día (47-48)

Volvemos a ver al General de los brasileros. El señor Fonseca. Este hombre azota a un prisionero paraguayo, Librado, al final del capítulo. Para sorpresa de muchos de los soldados, Librado logra calmar a los caballos del campamento y colocarlos en filas directo al corral de donde pertenecen. ¿Cómo lo hace? Hablando en guaraní.

Irina expone al idioma, entonces, como una lengua mágica. Tanto así que es capaz de manejar a la naturaleza como se le plazca.

Una situación impropia (49-50)

Vemos en este capítulo a Juliana -hija de una familia de españoles- encontrándose por primera vez con el Kurupi, tras haber escapado de su habitación.

La autora escribe una percepción virginal del órgano genital del Kurupi: “… es la primera vez que ella ve algo así, y en su inocencia virginal cree, la muy ilusa, que todos los hombres del mundo tienen la misma enorme “cosa”. (…) en un irremediable futuro, mediría al resto de los hombres con la misma vara”.

Solo cenizas (98-101)

Volvemos a encontrarnos con el profesor Longobardo y Efraín. Estos escuchan los ladridos de un perro y se dirigen hasta una casa habitada por un anciano. El hombre les explica que más al sur (o el norte, en verdad) se encuentra el Kurupi.

Longobardo revela su interés hacia tal criatura, y el viejo señala el lugar en donde posiblemente se encuentre. Tanto la casa como el anciano desaparecen, posteriormente. Y en lugar de eso solo se ven árboles, lo que provoca un estado de desasosiego tremendo en Efraín. “Una sensación de temor y desagrado le crecía a cada instante”, dice la autora.

Dispuestos a pelear (110-113)

Es la mitad de la novela. Se habla de una revolución en Saraki. Intervienen en este capítulo Ambrosio, Librado, Matías y Peloncho, unos sobrevivientes paraguayos que viven escondidos. Hablan sobre un posible levantamiento.

Dicen: “- Tenemos que ver cómo reunimos a los nuestros, a todos nosotros…”

En otro momento, hay vestigios de la batalla de Acosta Ñú:

“- ¡Este es un hijo de patria!, se llama Matías, es un sobreviviente de la guerra, además combatió. – ¿Combatió? -exclama maravillado Peloncho. – Sí, combatió, y al lado de ya sabes quién… Por unos segundos Matías es mirado con una inesperada admiración y se apabulla…”

“Tiene que ser ahora o nunca”, dice Ambrosio al final del capítulo, anticipando un futuro en el que “el sacrificio es el único camino que les queda”.

Conociendo el miedo (126-128)

Es la segunda vez que Juliana se encuentra con el Kurupí. La niña logró escapar del brasilero que la había secuestrado. Ahora se encuentra con este salvador, quien anteriormente le había regalado una flor de mburukuja.

Mira a la criatura con alegría y también mucha intriga. Él lo guía por el bosque, mientras ella oye, al paso, una hermosa canción en guaraní. Hay una mezcla de amor y misterio entre ambos personajes. Juliana y el Kurupí, tomados de las manos… de las puntas de los dedos.

El pueblo paraguayo no se rinde ni muerto (157-158)

Los pobladores de Saraki planean una especie de golpe de estado en contra de los brasileros, que han decidido desterrar al Paraguay y aniquilar a todos los que viven dentro.

Personajes como Ña Chela, el pa´i, Peloncho y Amadeo, y el español Don Fernando, se reúnen dentro de una cueva para idear un plan con la ayuda del teniente Da Gamma. Previsión de armas. Dudas. Confusión. Y una inscripción en la pared: “Ore ha´e 13“. Es así como termina el capítulo.

Hallazgo (164-165)

Volvemos con Efraín y el profesor Longobardo. El entusiasmo comienza a notarse en los ojos del alumno, aparentemente tras observar una bala que pertenecería al antiguo imperio del Brasil.

Contacto (175-177)

Se desarrolla el contacto más cercano entre el kurupí y Juliana. Extraigo un fragmento:

“- ¿Y a ti te da asco esto? –le pregunta ella, y enseguida lo besa suavemente en los labios… Fue fugaz, pero fue un beso. Se aleja unos centímetros para verlo a la cara y apreciar mejor el efecto. El ava abre la boca para hablar pero así se queda… paralizado por lo que acaba de ocurrir, mientras una alegría inesperada se enciende en su corazón sorprendido.”

El final (194-197)

De este capítulo extraigo otro fragmento resaltante:

“-¡Muerte, muerte! -gritan ferozmente los soldados con los ojos ardientes por el triunfo… Mientras algunos paraguayos que los escuchan, semidesangrados, heridos mortalmente, agonizantes, los miran con la boca abierta, con las últimas lágrimas de los ojos… Miran incrédulos y llenos de desesperanza -esa, la peor muerte, la del corazón-, la sangre que sus manos no detenían… solos… solos… siempre solos…”

El final está cerca. Vemos un mariscal zombie y muchas cruces llamativas.

Recomenzar (205)

Leer un cuento o una novela es ver un reflejo de los pensamientos del autor. También opiniones y en este caso antelaciones de una vida sosegada. Dejo algunos ejemplos, extraídos de este capítulo, a continuación:

“Aunque Juliana está ahora congelada de amargura con el corazón en duelo, imaginándose al único amor de su vida desaparecido bajo la tierra, Juliana estudiará, continuará su vida, se relacionará con los hombres. Con varios. Se casará un día, una vez, dos, tres veces, porque no encontrará ninguno que se parezca a él, ¡eso seguro! Y en algún momento el bálsamo del tiempo la calmará. Tendrá hijos. Los mecerá en sus brazos…”

Y el Kurupi, ¿cómo piensa después de todo? Al final, ¿pensará que es solo un recuerdo?:

“… detestando el mundo nuevo que de apoco suplanta al viejo para siempre, que no sabe nada del espíritu, que no dialoga con las estrellas, que piensa en combatir al otro, que no sabe de paz ni de armonía, y al final, termina agradeciendo ser un monstruo deforme y feo que debe ocultarse para siempre (…) Y el bálsamo del tiempo vendrá también para él. Sobre todo para él. Porque él nació en la cuna del Tiempo. Porque el Tiempo lo aisló del mundo para sí, condenándolo a la soledad humana, pero lo premió como a un hijo, otorgándole una conciencia eterna, movediza, viajera, así como la del mismo Tiempo.”

Impresión

Es muy notable cómo el diálogo puede agilizar el hilo argumental de una novela, o un cuento. Y en El Hombre Víbora eso se cumple perfectamente. Basta con hojear las primeras páginas para darnos una idea. Este es un punto a favor, principalmente porque los argumentos muy descriptivos opacan la calidad de algunas obras literarias.

Guaraní. Por momento, los personajes no se expresaban como los paraguayos lo hacen por naturaleza. Hay cierta exageración. Conozco la manera en que se comunican los paraguayos por defecto, y por esta razón, en ocasiones, me sentía un poco incómodo leyendo cosas como:

“-¿Ignomiosa dijo?- pregunta Alonso. -¡No sé!, ya te dije que no le entiendo. –No hay que ponerle más gominosa a la carne… me parece que dijo… -¿Gomina? –Hee. Esa pasta verde que tu padre se pone en el pelo para que no se le pare –trata de explicar al otro, según lo que entiende. -¡Aaaaay juepete!, ¿quién será el que le pone eso a la carne? –trata de descifrar Alonso, muy perplejo -¿Por qué lo hará?”
O: “¡Eeeeh!, ¡mejor que no, mi vidita! -¿Qué? ¿Qué te pasa, Juani?, ¿es que no me deseas? -¡Sí, sí!, pero… ¿qué me va decir el pa´i cuando se lo confiese? -¿Es necesario confesarle todo? -¡Es que soy muy religioso, Susana!, ¡qué quieres que haga! -¡Olvídate del padre Pedro y ven aquí ahora mismo, amorcito! -¡No, no!… Espera… Mejor que no, ¡ay!, ¿qué me dirá el pa´i?”.

Pero esto no disminuye el nivel de la novela, que aún así se desarrolla sin contratiempos.  Tampoco deja cabos sueltos como algunas producciones cinematográficas de nuestro país. Me hubiese gustado que uno de los personajes siguiera con vida. Pero esto es también parte del tipo de historia que nos propone la autora: una obra real con señalados elementos fantásticos.

El guaraní suena por todas partes. Casi al final de la novela, Efraín, el alumno charlatán, pregunta: ¿Dónde quedó la prueba para decir que las cosas no fueron en vano? Y Longobardo responde: ¡Ah!, no seas zonzo… Oikove hikuái ñe´eme (Sobrevivieron en la palabra). Y si no, cuando surge el enojo más fiero, el sentimiento más íntimo, la razón más directa, ¿en qué idioma lo siente el corazón?

En otro momento, Longobardo recuerda una frase de Einstein. Pensé un momento en ella, y la relacione con la novela. “Nada se pierde, todo se transforma”. En este caso, es el Kurupí el que se ha transformado en novela. En El Hombre Víbora.

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