El realismo y la dificultad de amar

hard-times (1)

Cuando pensé en hacer esta reseña, me dije a mí mismo que ya no quedaba mucho que decir al respecto sobre “Hard times for these times”, escrita por el inglés Charles Dickens. Y realmente no me equivocaba mucho al respecto.

Tenemos una historia que da un giro muy interesante en las últimas páginas. ¿Por qué digo esto? Comencemos por el argumento.

Tiempos difíciles es una novela que trata sobre el realismo británico. Se percibe a mitad del siglo 18, en la Inglaterra victoriana. Esa Inglaterra que Dickens nos presenta en Oliver Twist, pero con un matiz más sombrío (si en OT ya no era suficiente).

Un retrato de la novela: vivimos en un tiempo en donde los sindicatos de trabajadores empiezan a tomar forma; caminamos en un ambiente tenso y contaminado, con pocos días soleados y una monotonía aparente, viciosa y cegadora.

Los personajes principales son víctimas de un modelo de enseñanza basado en realidades absolutas, en las que la imaginación y los sueños no están permitidos… ni de broma.

Tenemos al señor Gradgrind, un padre de familia acaudalado, una de las cabezas de Coketown, un hombre comprometido con el realismo a flor de piel. Esto se lo inculca a sus hijos: Loise y Thomas. Y ya podemos imaginarnos cuál será la actitud de éstos a la hora de enfrentar a la vida. Son como productos pre-fabricados, sin sueños, sin motivaciones al corazón, algo que para mí es esencial sin dudar.

El libro se divide en tres partes: La siembra, la cosecha, y el acopio. En el primero se desarrollan los personajes. En el segundo, la historia toma mayor profundidad: un renombrado y falso representante de la humildad, Sr. Bounderby, se hace marido de la joven Loise, quién accede al matrimonio meramente por los deseos de Thomas, su hermano, quién desea vivir con mayores privilegios en su futuro trabajo dentro del banco manejado por aquel “humilde” representante (también) del fétido realismo que se presenta en las más de 300 páginas de la novela. O por lo menos esa es la conclusión a la que llegué cuando traté de captar la crítica de Dickens hacia esta “escuela de vida”.

Tenemos al trabajador Blackpool, obrero defensor sin sosiego de lo justo y rodeado de delatores mentirosos. Es la representación de la clase obrera en tiempos dickensianos. Y, ¿por qué no decir en tiempos actuales, también?

Existe otro personaje -del cual hubiese una mayor contribución en la historia- que, durante sus intervenciones en la novela, se destaca por su carácter. Se trata de Cecilia Jupe, la hija de un hombre de circo, emparentado amistosamente con otros “trotamundos”. Ella simboliza la otra cara de la moneda del realismo; es amigable, soñadora, imaginativa, sensible… todo eso que Loise no conoce, y (sin saberlo) añora.

Entonces, dicho todo esto, ¿cuál es el giro del cual hablo al comienzo de esta reseña? El florecimiento de una joven. El enamoramiento. Lo que da vida a una relación, a todas las relaciones. La novela da una vuelta de 360 grados al momento en que Loise se enamora de un personaje que se aparece después de la mitad de la novela: el joven Harthouse. Éste intenta encontrar esa sensibilidad que existe en el fondo de esos ojos vacíos de aquella joven, imagen absoluta de la reticencia, la monotonía emocional, el desapego a los sentimientos más nobles; la contracara del amor (uy, ¡qué romántico!). Y lo consigue. Y el final de la novela se avizora, por consiguiente, después de algunos altercados y preguntas existenciales del autor, que utiliza a sus personajes para manifestar su crítica y sus ideas.

Me faltan algunos personajes, algunas situaciones que explicar, algunas emociones que encontré provechosas durante el transcurso de mi lectura, pero como el tiempo en que me puse a escribir esto fue un poco intempestivo, trataré de ser breve en exponer mis impresiones finales.

Me pareció la novela más exhaustiva de Dickens. Pero no diría que lo es, axiomáticamente hablando. Es un retrato de los abusos que existen en el sistema laboral. Los abusos que se permiten dentro del mundo laboral, la falta de escrúpulos que existe por parte de los empleadores. Todo eso en un cúmulo de párrafos.

El estilo es genial, es descriptivo, es apasionante. Hasta se aprende a escribir mejor. Y la originalidad con la que los personajes manejan sus propios problemas y emociones, se debe a la ingeniosa pluma de Dickens, que hace maravillas.

Un tanto aburrida por momentos, pero el hilo nunca se pierde. Y no es de las lecturas que se dejan a mitad de camino. Ésta promete -como todas las del británico- mantenerte atento, enseñarte, educarte, emocionarte.

Si no tenes nada que leer en las noches de frío de agosto, recomiendo a Charles Dickens. Ya veré si en uno o dos meses cambio de opinión (seguro que no).

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